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CRÍTICA

Macbeth al Liceu

Voces enjauladas

20/3/2004 |

 

Macbeth

De Giuseppe Verdi sobre un libreto de F. M. Piave basado en la obra homónima de W. Shakespeare. Intérpretes principales: Carlos Álvarez, Maria Guleghina, Roberto Scandiuzzi, Marco Berti, Javier Palacios. Dirección escénica: Phyllida Lloyd. Dirección de la reposición: Alejandro Stadler. Escenografía y vestuario: Anthony Ward. Iluminación: Paule Constable. Coreografía: Michael Keegan-Dolan. Orquesta y coro del Liceo. Dirección musical: Bruno Campanella. Coproducción Ópera de París y Covent Garden de Londres. Teatro del Liceo, Barcelona, 18 de marzo.


Qué grande es Verdi! En Macbeth, su primera ópera basada en Shakespeare, explora la psicología de los personajes con una estremecedora paleta de colores y acentos vocales que hicieron dar un paso de gigante al género lírico italiano. Más allá de las previsibles efusiones líricas, Verdi busca las más íntimas manifestaciones del carácter de los personajes y construye con ellas un teatro del alma que nace en la voz. Los directores de escena podrán buscar otras cosas, pero nada de lo que hagan podrá superar la emoción y la sinceridad dramática que surge del canto verdiano.

Las voces fueron lo mejor del montaje de Macbeth que el Liceo presenta hasta el 5 de abril. El triunfo de Carlos Álvarez, Maria Guleghina y Roberto Scandiuzzi era previsible. Han demostrado su calidad y solvencia verdiana en anteriores ocasiones y, en el caso de la fogosa soprano ucrania, que debutaba escénicamente, se recordaba su actuación en la memorable versión en concierto que Riccardo Muti dirigió en el Liceo en 2001. Pero hete aquí que un debutante, el joven tenor italiano Marco Berti, sacó tajada del papel de Macduff y, con imponente voz y un canto algo efectista, arrancó una de las más intensas ovaciones de la noche: en el Liceo, ya se sabe, la potencia vocal se premia con creces.

El progreso de Carlos Álvarez como intérprete verdiano es admirable. El barítono malagueño cada vez canta mejor, dice el texto con más sabiduría y su fraseo ha ganado nobleza y elegancia. También controla sus medios cada vez mejor, con un canto más guiado por la musicalidad y la inteligencia que por la exhibición temperamental. Lo suyo fue una lección de canto verdiano sin efectismos. La Lady de Maria Guleghina es poderosa: voz grande, de las de antes, rica en colores y de imponente fuerza dramática. Salió a por todas en su temible aria y cabaletta inicial, y lidió con arrojo un personaje que pone a prueba la capacidad de resistencia. Pasó apuros para salvar los escollos belcantistas, pero acreditó su fama de gran soprano dramática verdiana. El noble canto de Roberto Scandiuzzi, la gallardía de Marco Berti y el buen hacer de Javier Palacios contribuyeron al éxito de uno de los más sólidos repartos de la temporada.

Más problemas hubo en el foso, donde el experimentado Bruno Campanella, que debutaba en el Liceo, no estuvo muy fino en la concertación. Faltó equilibrio y tensión dramática en su lectura, y sobraron precipitaciones y descuadres en la orquesta.

Los protagonistas son Macbeth, Lady Macbeth y las brujas. Los dos primeros son un bombón teatral. El otro pone los pelos de punta a cualquier director de escena. No le vimos el pelo a Phillyda Lloyd, directora del montaje, una coproducción de la Ópera de París y el Covent Garden de Londres que ha llegado al Liceo con Alejandro Stadler como director de la reposición. La dramaturgia permite seguir todos los acontecimientos de forma eficaz, en un tenebroso espacio escénico, intemporal, que encierra la locura de los protagonistas en una habitación del miedo, en una cárcel mental visitada por espectros y fantasmas. Lectura cargada de simbolismos, a veces demasiado confusos. Juegan un papel decisivo la jaula de oro, que identifica el poder real, y el lecho nupcial, donde la Lady impone su mando. Hay efectos muy conseguidos, como el gran concertante del final del primer acto, cuando Malcolm es acusado del asesinato de su padre y Macbeth, coronado. Lo que no tiene arreglo es la omnipresencia de las brujas, guiadas por un tedioso movimiento coreográfico y una exasperante gestualidad. Cuando la austeridad domina la escena, es decir, cuando deja solos al matrimonio Macbeth, el montaje cobra su mejor vida teatral.
Javier Pérez Senz
El País

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