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El Festival de Bayreuth, el rito espiritual que reverbera en la música de Wagner

28/7/2017 |

 

El teatro de la localidad alemana, construido al gusto del músico, abre de nuevo sus puertas para el certamen de 2017

Fachada principal de Festspielehaus de Bayreuth, el teatro construido con las indicaciones de Wagner
Fachada principal de Festspielehaus de Bayreuth, el teatro construido con las indicaciones de Wagner - ABC
Visto desde el cielo, el Festspielhaus de Bayreuth es apenas un conglomerado de tejados de zinc destacando entre el rojo teja de las casas cercanas y el verdor del campo bávaro. Más de cerca, destaca la planta casi circular de la sala y espacios comunes, y en su extremo el trazado rectangular que cubre el escenario. Apenas se ha modificado la estructura desde su inauguración en 1876, salvo algún cambio de viguería y la modernización de la maquinaria teatral con el fin de adaptarla a las modernas necesidades escénicas. La sensación de permanencia es algo importante en este teatro en el que cualquier aficionado quiere ver el pensamiento incorrupto de su ideólogo, Richard Wagner.

Para ver el edificio en toda su dimensión hay que ascender a ras de suelo por la avenida Siegfrid-Wagner, teniendo de frente la fachada principal. Desde lejos el complejo ya aparece solemne, sobrio aunque de elegante porte. A poca devoción que se tenga (no tenerla e ir a Bayreuth debería ser un sinsentido), una sensación seráfica invadirá al visitante que, cual peregrino, ve en la reliquia la materialización de todas las virtudes. Definitivamente, Bayreuth es una ceremonia, un rito, el tránsito hacia una entidad de rango espiritual a través del teatro y de la música.

Detalles

Christian Thielemann, director musical del festival que allí se celebra y, según opiniones, el último representante de su esencia espiritual e ideológica, cuenta muchos detalles en «Mi vida con Wagner». El ejemplo se resume en un capítulo donde también señala la realidad de un compositor en cuya vida no faltaron los gestos prosaicos y las ideas conflictivas.

 

Para comprender lo cotidiano hay que ir al otro extremo de la ciudad, donde está «Wahnfried», la villa en la que vivió Wagner entre 1872 a 1883, en la actualidad museo recién reconstruido, no sin polémica. En cuanto a las ideas, se ha dicho mucho y frecuentemente lo cual no exime de que también en Bayreuth se vean obligados a justificar al maestro. Este año, el festival convoca en aquella casa un pequeño simposio dedicado a «La obra de Wagner y el nacionalsocialismo», asunto recurrente para una herida abierta.

Los maestros cantores

Ya sobre el escenario el judío australiano Barrie Kosky, director general de la Komische Oper de Berlín y siempre distante de Wagner, se presenta en el Festspielehaus advirtiendo que «reconoce el contenido antisemítico de sus obras». Sin embargo, aceptó escenificar «Los maestros cantores de Nuremberg» dada la posibilidad de «confrontar esta ópera críticamente y con un nuevo enfoque». Habrá buena relación con un director de maneras elegantes y sustancia teatral como Philippe Jordan. Pero no siempre ha sido así: los malos modos parecen inevitables ante la mezcla de lo mundano y lo celestial, lo abominable y lo exquisito. Por ejemplo, «Tristan und Isolde» que Thielemann vuelve a dirigir con puesta en escena de Katharina Wagner.

Él mismo protagonizó el pasado año el encuentro con el director Andris Nelsons, figura irreprochable de la dirección orquestal actual, quien abandonó el festival tras escuchar algunas lecciones de erudición por su parte. Fue sustituido por Hartmut Haenchen que vuelve este año con la producción de «Parsifal» firmada por Uwe Eric Laufenberg. Conviene insistir en lo sensible del material que maneja Bayreuth y en esa paradoja que dimana del enfrentamiento entre la constante reinterpretación de la obra y la salvaguardia de su significado.

El «milagro» del Festspielehaus

«Parsifal» es un título de referencia pues Wagner lo compuso pensado en el teatro de Bayreuth y en sus posibilidades. Apenas hay que sentir la incomodidad de los asientos de madera, esperar a que las luces se apaguen, las puertas se cierren y se haga el silencio. Surgirá entonces la sonoridad tamizada y envolvente de una orquesta siempre oculta al público. El sonido del Festspielehaus no es un milagro, pero se le parece tanto que es inevitable seguir creyendo en Wagner.

Alberto González Lapuente
Abc

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