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Julia Lezhneva: "Que me comparen con Bartoli me da mucha vergüenza, es única"

29/1/2018 |

 

La cantante rusa debuta con la Orquesta Nacional este viernes con sus queridos Vivaldi, Haendel y Mozart en atriles


Julia Lezhneva. Foto: Simon Fowler

La voz de Julia Lezhneva (Sajalín, 1989) deslumbra desde sus primeros vagidos. El primero que constató su potencial canoro fue el partero que asistió a su madre en el trance natal. A los 11 años su voz maduró abruptamente. De pronto era la de una mujer. Y la de una soprano en ciernes, que suena dulce y locuaz al otro lado del teléfono (habla desde Leninogorsk, en Tartaristán, donde vive la mayor parte de sus familiares por vía materna). Esas cualidades las ha ido refinando y explotando a base de jornadas maratonianas de estudio. Guiada por mentores de altura: Dennis O'Neill, Elena Obraztsova, Alberto Zedda... En su adolescencia se enganchó al barroco, que es el núcleo central de su repertorio. La culpa la tuvo sobre todo Cecilia Bartoli, casi una divinidad para ella. La escuchaba obsesivamente, con devoción. Ahora, ya como fenómeno precoz de la clásica, llega a España para deleitarnos con su especialidad (Vivaldi, Mozart y Haendel), arropada por nuestra Orquesta Nacional y dirigida por el finlandés Santtu-Matias Rouvali. Tres conciertos: viernes, sábado y domingo.

Pregunta.- Empezó estudiando piano con cinco años. ¿Por qué decidió abandonar este instrumento y concentrarse luego en el canto?
Respuesta.- Mi madre tiene claro que los niños deben estudiar música, incluso aunque no tengan ninguna intención de dedicarse a ella en el futuro. Piensa, con razón, que sus beneficios son enormes. A mí no me costó porque me encantaba cantar con otros niños. Luego, cuando nos mudamos a Moscú, empecé a especializarme en piano en el conservatorio. Con 11 años descubrí que mi voz había cambiado, que ya era la de una mujer. Y decidí también estudiar canto en el mismo centro. Intenté matricularme pero no me dejaban porque las clases eran para chicos y chicas de 15. Me decían que era muy joven pero fue tal mi insistencia que al final me lo permitieron, después de hacerme una prueba. Entonces simultaneé el piano y el canto. Más tarde comencé con clases individuales de canto, centrándome en música sacra: Vivaldi, Bach y algunos autores barrocos rusos. Y acabé dejando el piano porque no era lo más apropiado para mi hiperactividad.

P.- Precisamente el barroco se convirtió en el epicentro de su repertorio. ¿Qué le empujó a esta época?
R.- La mayoría de los discos que me hicieron escuchar mis profesores pertenecían a este periodo, incluidas las grabaciones de Vivaldi hechas por Bartoli. Me fascinó. Tendría unos 11 años y me sumergí en aquel mundo. Estaba un poco obsesionada. Los escuchaba varias veces al día. Me abrieron muchas perspectivas y se hicieron imprescindibles en mi vida. Memorizaba lo que escuchaba porque entonces era muy difícil acceder a las partituras. Además, en mi conservatorio no había profesores especializados en barroco que me pudieran aportar una formación específica pero todos comprobaron mi pasión por él.

P.- Continuó su formación en Cardiff. ¿Por qué eligió esta ciudad?
R.- Bueno, en realidad no fue una decisión mía. Fue gracias al apoyo del Programa de Becas Kempinsky. Si no hubiese tenido este apoyo, habría sido imposible para mis padres costearlo. Ellos me recomendaron la escuela del tenor Dennis O'Oneill. Fue un gran acierto porque su manera de enseñar es excelente.

P.- Otras de las personas bajo las que se formó fue Alberto Zedda. ¿Qué recuerdo tiene de él?
R.- Fantástico. Era un hombre lleno de pasión hacia la música. Y personalmente fue un gran respaldo. Tuvo mucha paciencia conmigo, porque yo era apenas una niña entonces y muy tímida. Mi estancia en Pésaro con él fue un gran paso adelante en mi carrera. Me enseñó muchísimo sobre Rossini. Sentía que todo lo que sabía me lo quería transmitir con un generosidad extrema.

P.-¿Y cómo fue la experiencia de compartir escenario con Plácido Domingo en Salzburgo?
R.- Un lujo. Me encanta de él su simplicidad, su falta de afectación, que te diga las cosas honesta y directamente sin dejar de ser caballeroso. Es un hombre en el que pesa mucho su lado infantil, en el mejor sentido. Y muy inteligente. No había conocido hasta entonces nadie así en mi vida. Verle a mi lado en el escenario fue un sueño. Sentías la energía de su genialidad y eso beneficia a todos los que le rodean.

P.- Algunos críticos le han comparado con Cecilia Bartoli. ¿Cómo lo ve?
R.- Me da mucha vergüenza. Yo nunca osaría compararme con ella. Para mí ella ha sido como una diosa cuando era una niña. La he escuchado tanto, he estado tanto con ella, su voz me ha transmitido tantas emociones que la veo casi como si fuera parte de mi familia. Es una cantante única, nadie podría llegar a su nivel. Me interesó siempre mucho que sus interpretaciones parecían más las de un músico que las de una cantante lírica. Perdón, pero es que no puedo hablar de ella sin magnificar.

P.- ¿Qué otras cantante fueron una referencia para usted en sus comienzos, aparte de la "diosa"?
R.- Renée Fleming me impactó mucho cuando la vi encarnando Tatiana de Eugenio Oneguin, que es una ópera que los rusos nos sabemos de memoria. Pero ella le dio nuevos colores y emociones. Era la suya una interpretación muy femenina y sensible. También me gustaban mucho Mirella Freni, Pavarotti... Y tenía cientos de discos de cantantes rusos, a los que también escuché muchísimo. Y Anthony Rolfe Johnson, que escuché en el Hercules de Haendel grabado por Gardiner. Me conmueve la fragilidad de su voz.

P.- Creo que le gusta más estudiar y profundizar las partituras que interpretarlas en público. ¿Es por su timidez?
R.- Quizá es por eso. Pero lo que sucede es que cuando estás estudiando una partitura tu imaginación empieza a volar. Te sientes libre. Estudiar es una actividad orgánica para una persona joven deseosa de aprender. También tengo muy buenos recuerdos infantiles de jornadas de estudio junto a mis profesores. Y me encantaba conectar la música con la pintura. Recuerdo que coleccionaba en una carpeta láminas de cuadros del renacimiento y del barroco. Eran muy inspiradoras. En la fase de preparación se agolpan muchas emociones al descubrir todas esas conexiones.

P.- ¿Pero lo pasa mal por los nervios cuando sube al escenario?
R.- Todo el mundo se pone nervioso. Yo creo que estoy en la media en ese sentido. No destaco ni por arriba ni por abajo. El escenario es una fuente de aprendizaje brutal. Lo que aprendes ahí arriba no lo puedes aprender en ningún otro sitio. Sobre todo a relacionarte con tus emociones. Y a combinar la adrenalina y la quietud. La clave es encontrar el equilibrio. Después de una actuación uno siente especialmente bien, una vez liberada toda la presión, la responsabilidad y los nervios.

ALBERTO OJEDA
El Cultural

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