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CRÍTICA

«Iolanta», de Chaikovski: vivir sin creer

24/3/2019 |

 

Programa: «Iolanta», de Chaikovski

Lloc i dia:Palau de les Arts, Valencia

«Iolanta»
Autor: Chaikovski: Int.: Lianna Haroutounian, Vitalij Kowaljow, Valentyn Dytiuk, Gevorg Hakobyan, Boris Pinkhasovich, Olga Zharikova, Marina Pinchuk, Gennady Bezzubenkov, Andrei Danilov, Olga Syniakova, Cor de la Generalitat Valenciana. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dir. escena: Mariusz Treliński. Dir. musical: Henrik Nánási. Lugar: Palau de les Arts, Valencia. Fecha: 22-III. 

En el Palau de Arts de Valencia acaba de estrenarse una veterana producción del Teatro Mariinski, firmada por el cineasta polaco Mariusz Trelinski

Abrumado por las críticas, la sospecha de una sexualidad reprimida, la disciplina social, la falta de satisfacción en lo cotidiano, Chaikovski dejó un reguero de incertidumbre que ha servido como argumento para la constante reinterpretación de su obra. El análisis se sustancia especialmente ante las últimas composiciones, pues en ellas se evidencian gestos relevantes. La ópera «Iolanta», su última creación en el género, es un ejemplo paradigmático, pues sus ingredientes la convierten en objeto referencial. En el Palau de Arts acaba de estrenarse una veterana producción del Teatro Mariinski firmada por el riesgoso cineasta polaco Mariusz Trelinski.

Apenas oscurecida la sala, todavía con el telón echado, el corno inglés expande una larga melodía cuya morfología invita al abismo. El gesto musical descendente está cercano a la sexta sinfonía con la que esta ópera tiene tanta afinidad. Nada parece aportar optimismo en el mundo de la oscuridad en el que vive Iolanta. Trelinski lo cree así. Coloca a la princesa en una habitación pequeña y giratoria, opresora, en el centro un escenario al que se superpone una gasa que aporta una nebulosa de irrealidad. Alrededor del habitáculo está el bosque y sobre él, la proyección de imágenes sin color (todo, hasta el vestuario, se empapa de una irisación blanquigris), invitando al espectador a penetrar en el secreto. La zarza que surge mientras Iolanta canta sus arias confirma el agobio interior, la inquietud, la angustia de la protagonista, trasunto de la que el propio Chaikovski sintió durante la composición de esta ópera.

La producción que se ve estos días en Valencia pone en evidencia una tradición rusa de sufrimiento y aflicción, miedosa ante la propia felicidad personal. Explicita el temor que suscita el presentimiento en un ambiente desolado. Pero el libreto de Modest Chaikovski a partir del original de Henrik Hertz habla de un jardín florido en la Provenza francesa. La princesa Iolanta vive allí ajena a su belleza. Lo impide la ceguera aunque no lo sabe. Su padre, el rey René ha prohibido que se le explique su condición. La intervención de un médico moro, quien exige que se le cuente la verdad, se superpone al deseo de la princesa por entrar en el reino de la luz donde imagina a su amante, Ebert, duque de Borgoña. Recuperada la visión, Iolanta solo verá fealdad donde abunda el color y la armonía.

 

Arrojo y solidez
La propuesta de Trelinski parece, por tanto, más lineal, menos sutil, que el original de Hertz. Incluso claramente discutible ante el «lieto fine», cuando todos los personajes se colocan en posición de apoteosis, cual bailarines de comedia, y un haz de luces se proyecta desde el fondo del escenario en un remedo de comedia musical. El choque de intenciones chirría y, en alguna medida decepciona, llevando al espectador a una dimensión banal después de haberle convencido de la nobleza del cuento, del encanto sentimental de la tragedia, de la profunda carga romántica de la historia en el sentido más melancólico de la palabra. O es que ¿también el espectador vivía en la ignorancia, ciego ante la naturaleza de una historia cuya trivialidad termina por revelarse? Siendo así, solo queda conciliarse con la princesa Iolanta y admitir, con toda la resignación que quiera añadírsele, que tener certeza de la realidad que nos rodea es cuando menos decepcionante frente a la felicidad que puede proporcionar la recreación idealizada de aquello que se ignora o no se quiere ver.

Pese las objeciones, la propuesta de Trelinski triunfa en Valencia. La aplaude con entusiasmo un público que, en la primera representación, dejó muchos huecos en la sala, evidenciando la actualidad del espectáculo y su cada vez más complicada supervivencia en cuanto la programación se distancia mínimamente del canon y la convención. «Iolanta» es de una hermosura formidable y esto es fácil de comprobar. Y, además, en Valencia se presenta con un arrojo y solidez que excede lo habitual. Desde luego, la carpintería teatral es robusta; más aún la interpretación que emana del foso y se formaliza en un reparto de voces contundentes e innegociables. El maestro Henrik Nánási, quien ha sido referencia de la Komische Oper de Berlín, gobierna sin posibilidad de negociación a la Orquestra de la Comunitat de Valencia y al Coro de la Generalitat Valenciana, también colocado en el foso. El gesto es impecable, el dominio de la partitura absoluto y el resultado se matiza con efusión, alcanzando con naturalidad el punto culminante en el dúo de Robert y Iolanta, momento emocionante ante el inmediato paso de la fantasía a la certeza.

Da alas a la temporada valenciana
Nánási impone, además, un sonoridad muy propia, que es fácil asociar a una tradición eslava, a un timbre que se consolida en el reparto. Él es el artífice y el generador de un interpretación que vocalmente se resuelve con emisión franca, potente, de voces corpulentas, de técnica impermeable y musicalidad convincente, de timbre turgente. Destaca Boris Pinkhasovich pues su Robert se resuelve con clase y dominio, con agudo fuerte y claro. Lianna Haroutounian recrea a la princesa desde la angustia (terrible la afirmación de «la música la ha entristecido») a la zozobrante ilusión. Su aria inicial es una declaración del tormento que sufre quien vive engañada; la de cierre, una confirmación muy certera de la vacilación personal.

Decidido, y claro el Vaudemont de Valentyn Dytiuk. Bajo el prisma de una dicción inquebrantable se reafirma Gevorg Hakobyan (Ibn-Haqia), Andrei Danilov (Almeric) y el trío de asistentes, Marina Pinchuk, Olga Zharikova y Olga Syniakova, esta última perteneciente a la cantera del Centre Plácido Domingo. Quizá Vitalij Kowaljow, el rey René, quien sustituye en dos funciones a Mikhail Kolelishvili, se distancie con un punto de inestabilidad. Aún así, «Iolanta» ha venido a darle alas a la temporada valenciana. Graham Vick quiso hacerlo con su Mozart deconstruido en forma de protesta social, pero cualquiera que contemple la ópera de Chaikovski a partir del trabajo de Nánási y Trelinski entenderá que en este negocio cabe un valor superior, escurridizo aunque más trascendente. La primacía del corazón de la que habló Pushkin, alguien a quien Chaikovski también supo entender estupendamente.


ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
Abc

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