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CRÍTICA

El oráculo de Torroella

6/8/2019 |

 

Programa: Amsterdam Baroque Orchestra & Choir. Ton Koopman, director

Lloc i dia:Auditori Espai Ter

A un concierto de auténtico domingo acudía anoche el público al Espai Ter de Torroella, presto a escuchar lo que de Bach tenía pensado interpretar el gran Ton Koopman. El maestro neerlandés, organista y clavecinista, además de director de orquesta, era agasajado ya antes de empezar la velada por una audiencia entre la que se contaban algunos conocedores de la obra y de la figura del maestro de Leipzig.

El musicólogo Oriol Pérez Treviño, por ejemplo, quien tiene entre manos junto con el poeta Miquel de Palol un notable ensayo sobre Bach, esperaba poder formularle alguna pregunta. “Es que he encontrado unas cosas sobre la influencia de las cantatas católicas de la corte de Dresden y quiero consultar con el maestro”, explicaba el ex director artístico del Festival de Torroella. ¿Influencia católica sobre Bach? “Sí, sí, es que Bach era una gran esponja. Él lo conocía todo, no paraba quieto”.

Se podría decir que Koopman y Bach son un binomio. Así como para otros cruciales estudiosos de su obra, como Gardiner, Bach es esencial en su carrera pero no el único compositor al que se han entregado, para el músico neerlandés, que anoche debutaba en este festival que ahora dirige Montse Faura, no hay vida sin Bach. Lo cual no quiere decir que no esté abierto a otros menesteres: desde el año 2002 Koopman impulsa un festival en su lugar de veraneo, en Périgord (centro de Francia), un auténtico Itinéraire Baroque donde da cabida a otros compositores. Pero anoche volvió a demostrar, junto a sus conjuntos La Grande Chapelle, que, por lo que a él personalmente respecta, está consagrado a Bach.

Fueron tres cantatas en el atril, cuyo orden no era casual, pues había que calentar motores con la BWV 110, Unser Mund sei voll Lachens, una festiva cantata de Navidad con todos los instrumentos posibles de la época, flautas, oboes, trompetas, timpani… y el propio Koopman al clavecín. Para seguir con la Cantata 127, Herr Jesu Christ, wahr Mensch und Gott, también litúrgica pero más convencional, y con la soprano Ilse Eerens y el tenor Tilman Lichdi como dos de las voces solistas.

Koopman nunca falla, hace una música de claridad y orden. Algo muy propio de quien es a su vez organista, como el propio Bach. Con la última cantata, la 201 Geschwinde, ihr wirbelnden Winde, el in crescendo del concierto fue absoluto. En esta obra profana, una disputa entre el buen criterio musical y el mal gusto, basada en la Metamorfosis de Ovidio, el bajo Klaus Mertens bordó el papel de Febus, el sublime cantante que es retado sin éxito por Pan (también excelente Andreas Wolf) en una contienda por la excelencia musical. Bach se burlaba de las tendencias musicales de la época. Aunque 20 años después la rescató y modificó algunos nombres para vengarse de quienes, estando él ya con un pie en la tumba, se afanaban en encontrarle sustituto. 


Maricel Chavarría
La Vanguardia

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