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CRÍTICA

Con glamur el machismo pasa mejor

6/8/2019 |

 

Programa: 'La Traviatta' de Verdi

Lloc i dia:Festival Castell de Peralada

El público de Peralada se agita con ‘La Traviata’ contemporánea de Paco Azorín y dedica bravos a los cantantes

Violetta quiso decir la suya ayer, en el escenario de L’Auditori del Castell de Peralada. El personaje protagonista de La Traviata tenía la oportunidad, en el estreno de esta nueva producción contemporánea de la emblemática ópera de Verdi, de poner el espejo ante el rostro de la actual sociedad, del mismo modo que quiso el compositor que sucediera en su día con la burguesía italiana. Se esperaba que Paco Azorín, el director de escena e ideólogo del montaje, aprovechara para poner los puntos sobre las íes al machismo aún imperante a través de una mujer liberada.

Pero a los ojos del público de Peralada –que viene ya emancipado de casa–, esta liberación no se acabó de producir. Al fin y al cabo, una Traviata es una Traviata, y la historia es la que es. Tanto si es de este siglo como de hace doscientos años, esa Margarita Gautier en la que se basa la historia ha de renunciar al amor al caer sobre ella, una cortesana, todo el peso del patriarcado. Y además ha de soportar el desahogo y el desprecio machista de su amado Alfredo, que actúa por despecho cuando ella se ve obli­gada a dejarlo, como bien indica el libreto. Mientras, ella traga y achanta.

En definitiva, la Violetta de Azorín lleva pantalones y es una mujer muy echada p’alante, pero al final queda supeditada a su maltratador... como si no hubieran pasado dos siglos. Y bien pensado, si ese era el mensaje que quería lanzar el director afincado en Barcelona con su Traviata feminista, bienvenido sea, pues es un fiel reflejo de lo que ocurre hoy a diario con mujeres que se reivindican como dueñas de su cuerpo y de sí mismas, dedicando mucha energía a sacudirse el prejuicio social, para en definitiva hacer con esa libertad lo que en realidad le conviene al otro sexo. Claro que para ello habría convenido romper el discurso...

Ajustadas las cuentas con la carga política de lo que quiso ser y al final fue este rutilante montaje, hay que decir que la producción es bastante vistosa, de campanillas y escorada al music hall. Y musicalmente magnífica. El trabajo de Riccardo Frizza al frente de la Simfònica del Liceu y el Coro Intermezzo es digno de un festival que ya es de referencia en lo operístico, un festival que atrae a un público dispuesto a viajar tanto desde el centro de la Península como del sur de Francia, y una crítica entendida procedente de toda Europa.

Ekaterina Bakanova, la soprano rusa que ha venido a cautivar unos cuantos corazones –como ya hizo en su reciente debut en el Liceu–, traza una Violetta chisposa, picante y a la postre trágica y siempre glamurosa, sacando lo mejor de sus colores vocales y también de ese París lujoso por el que representa que se mueve en escena.

Y René Barbera – Pas mal– confirma la excelencia de la nueva ola de tenores latinoamericanos (si contamos la sangre mexicana que corre per sus venas), con su fres­cura y expresividad. Y todo ello, a pesar de lo muy pegado al suelo que lo tiene Azorín en determinadas escenas... ¿acaso para rebajar la agresividad del maltrato sobre Violetta?

Quinn Kelsey, por su parte, el barítono estadounidense de Honolulu, hace un Giorgio Germont, el prepotente padre de Alfredo, de voz redonda y oscura.

El vestuario de Ulises Mérida, estiloso y algo noventero, encaja con ese París oscuro, púrpura y violet(t)a por el que desfila el coro con tocados y encajes provocadores. Por otro lado, la presencia de acróbatas y bailarinas añade sensualidad y un punto picante al montaje, que en lo escenográfico es esquemático en el intento de recrear el mundo del pasado y del presente.

Y en medio de este festival de voces y color, una jovencita de muy corta edad se introduce en escena como la hija que tuvieron, tres años atrás, Violetta y Alfredo. Un relevo generacional que viene a curar –esperemos– la herida trágica de sus antecesores, pero que de momento es entregada por la protagonista a su maltratador. ¡Qué Violetta empoderada ni qué demonios! 


Maricel Chavarría
La Vanguardia

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