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CRÍTICA

Bartók en su castillo

25/11/2019 |

 

Programa: El castell de Barbablava

Lloc i dia:Auditori de Barcelona

Obras de Dvorák, Brahms y Bartók. Rinat Shaham, mezzosoprano. Robert Bork, barítono. OBC. Dirección: Josep Pons. Auditori de Barcelona, 22 de noviembre de 2019.

Béla Bartók fue un hombre introvertido, de compleja vida interior, inescrutable incluso para las dos esposas que tuvo. Así, construyó su propio castillo, una fortaleza impenetrable y, a ese castillo, le puso música en la que fue su única ópera, El castillo de Barba Azul, que compuso en su primera etapa creativa. Una música de una personalidad innegable, en la que los ecos de una obra también caracterizada por su hermetismo como Pelléas et Melisande, de Claude Debussy, se intuyen en el tratamiento dramático, armónico y tonal desde los primeros compases.

Calificada como una “balada de la vida interior” por el libretista, Béla Bálasz, la trama de Barba Azul es mínima. La joven Judith renuncia a todo y se entrega al amor de Barba Azul, pero necesita conocer los recovecos de su personalidad, simbolizados por las siete puertas del castillo de su amado que Judith irá descubriendo una a una. Con tan solo dos personajes, dos voces, el grueso de la narración queda en manos de la orquesta, lo cual convierte esta obra maestra de la ópera del siglo XX en una suerte de cantata laica de una potencia dramática extraordinaria.

Así es como se pudo escuchar, sin parafernalia escénica y en toda su crudeza y poesía, en el Auditori de Barcelona, interpretada por la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) bajo la batuta de Josep Pons y las voces de Robert Bork y Rinat Shaham. Y el resultado fue de impacto y supuso un éxito indiscutible. Pocas veces la OBC se ha mostrado, en los últimos tiempos, tan brillante, tan comprometida y acertada en el color, impulsada por un Josep Pons en estado de gracia. El director catalán encuentra su voz más personal y trascendente en el repertorio postromántico, no solo sinfónico sino también operístico, como ha demostrado en las obras que ha dirigido durante los últimos años en el Liceu, teatro del que es director musical.

La atención al detalle no impide aquí una concepción global de la obra profundamente coherente, plena de lirismo cuando se requiere, pero también de un dramatismo de la mejor ley. El trabajo de Pons de las voces interiores -con un cuidado exquisito en el equilibrio entre las secciones que permite el lucimiento de las maderas- desemboca en una paleta de colores amplísima y variada. Si a eso se le añaden unas cuerdas poderosas y cálidas e intervenciones sin mácula de percusión y metales, el resultado es una versión orquestal de lujo. Cada puerta que se abría conllevaba, como debe ser, un universo sonoro distinto y un episodio dramático nuevo en la que el juego y el contraste entre sonido y silencio se retroalimentaban para elevar un castillo musical lleno de luces y de sombras, de belleza y terror, de amor y muerte.

Además, la OBC y Pons, que completaron el programa con las Danzas eslavas de Dvorák y las Danzas húngaras de Brahms, contaron con dos intérpretes de gran nivel y, sobre todo, con una implicación dramática poco habitual en una versión, como esta, de concierto. El protagonista fue un sólido Robert Bork quien, a falta del carisma de otros intérpretes, aportó un instrumento contundente y bien proyectado, algo imprescindible para hacer frente a una partitura de tal densidad y a una sala de conocida dificultad para las voces como L’Auditori. 


Antoni COLOMER
Ópera Actual

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