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CRÍTICA

Qué lástima de ‘Traviata'

5/12/2020 |

 

Programa: 'La Traviata'

Lloc i dia: Gran Teatre del Liceu

https://www.lavanguardia.com/musica/20201205/49875776781/liceu-opera-traviata-aforo-estreno.html

Son momentos difíciles pero no imposibles para la cultura. Y el Liceu confirmaba ayer, con el estreno de su magnífica Traviata, que todos los esfuerzos de su personal y de los artistas no son en vano. La ópera sigue siendo ese compendio impresionante de disciplinas artísticas que consigue emocionar y golpear conciencias como ningún otro arte. Y ayer el público del teatro barcelonés se pudo permitir además el lujo de llorar a gusto con el drama verdiano, habida cuenta que el espectador más próximo se encontraba a una distancia considerable.

Sin embargo, el Gran Teatre siente que así no puede continuar. La de ayer era una platea desangelada, resultado de aplicar el tope de 500 espectadores decretado por el Govern. Y si a esta cifra le descontamos los 90 abonados que liberaron la entrada –con devolución del dinero– y al público que a última hora decidió no acudir al estreno –acaso porque había que huir de Barcelona en tropel para cumplir con el confinamiento perimetral de fin de semana–, ese espacio catedralicio que es el Liceu, con un aforo de 2.288 butacas, no sumaba anoche ni 400 espectadores, poco más del 15% de su capacidad.

“La platea diezmada da una lástima tremenda”, comentaba una espectadora. “Qué sentido tiene para los artistas que han trabajado meses en este montaje encontrarse sin apenas público delante –se preguntaba otro–. No se entiende que con los techos tan altos que tiene el Liceu y esos espacios palaciegos con entradas bien amplias se tema por la seguridad de la gente. El púbico aquí nunca se retira la mascarilla y apenas conversa entre sí, mientras que en los bares y en los restaurantes...”

–Es por la movilidad que suponen mil personas –les espetaba su acompañante.

–Pero que tú no has visto el Paseo de Gràcia, que está a tope de gente como cualquier otra Navidad...

Si en la trama de La Traviata la esperanza es lo último que pierde la protagonista moribunda, no sería descabellado hacer una analogía con este montaje del Liceu, que parece tener también los días contados. Si la situación es esta –500 espectadores y no más– y el Govern no la va a cambiar, al coliseo lírico de la Rambla no le queda otra que suspender y cerrar.

Coliseo al borde del cierre
Por respeto al público y a lo artistas sería necesario encontrar una solución sensata para que el Liceu siga abierto

La Navidad continuará en Barcelona sin su buque insignia de la cultura catalana. Será el único teatro de ópera de España que pase esta desescalada cerrado. Al traste con la máxima de que cerrar debería ser siempre la última opción, una idea más necesaria aún cuando los artistas, grandes damnificados de la cultura en esta pandemia, llevan meses con todos los contratos cancelados. Como dice la megafonía de Liceu cuando quiere que apaguemos los móviles... “por respeto al público y a los artistas...” Por respeto a todos ellos habría que encontrar una solución sensata para que el teatro siga abierto.

Y esta Traviata que produjo el Liceu en su día con montaje de David McVicar y que en el estreno de ayer defendió un reparto liderado por voces eslavas, demuestra tenerlo todo: tiene unas excelentes voces solistas, tiene el coro de Conxita Garcia, tiene una decena de bailarines –pasables– y también una Simfònica del Liceu que suena cuidadosa y vibrante en manos de la batuta italiana Speranza Scappucci.

Y tiene además una puesta en escena especialmente pertinente para poner el acento en lo que expresa esta ópera, esto es, la hipocresía de una sociedad que utiliza a una mujer como objeto de lujo y luego no le permite asimilar los valores de esa misma sociedad. Una obra que versa sobre la generosidad, la de Violetta, la cortesana protagonista, que lo da todo por amor a Alfredo: primero pierde su independencia, luego el lujo y finalmente la vida.

El de McVicar no es un montaje forzado en ninguna dirección antinatural, no busca ser chocante, pero tiene la habilidad de recrear el mundo de la prostitución de lujo del París del siglo XIX, un mundo turbulento, lúgubre, de decadente suntuosidad y lujo decrépito en ese “populoso desierto al que llaman París”, como canta Violetta, víctima de ese vació y pobreza tremenda que McVicar retrata con hábiles metáforas visuales.

Protagonista indiscutible del espectáculo, la soprano rusa Kristina Mkhitaryan descubrió con su color propio de las voces eslavas que iba ganando conforme avanzaba la ópera, con esa voz de lírica plena que le favorecía en los pasajes dramáticos... Ya en el aria “Addio del passato” hizo un alarde interpretativo de su personaje de una honestidad desarmante. Y la bien acompañaron el tenor checo Pavol Breslik y el barítono georgiano George Gagnidze, muy reconocido también en los seis minutos finales de aplausos que les dedicó un audiencia rala pero calurosa, esforzada para suplir la ausencia de público.

Aún dos, tres o cuatro siglos después, la ópera logra como ningún otro arte que el público se contemple desde fuera. Su poder en este sentido es tal que tanto el Real como el Liceu han tenido cuidado a la hora de recrear el trágico final de la Violetta tísica ahogándose. El paralelismo con la terrible realidad del coronavirus hizo que la Violetta del Real muriera caminando hacia la luz, mientras que en el Liceu –ya lo verán– se abandona en brazos de Alfredo de un modo menos estertóreo de lo que puede ser habitual.

El presidente de la Fundación del Gran Teatre del Liceu, Salvador Alemany, convocó ayer una reunión extraordinaria de la comisión ejecutiva para esta misma mañana de sábado a fin de “evaluar la situación artística, económica y reputacional del teatro a la vista de las nuevas medidas sanitarias y adoptar los acuerdos de futuro que correspondan”, según indicó el coliseo lírico a última hora.

El anuncio que hizo el jueves la Generalitat en el sentido de que la prudencia ante el avance del coronavirus llamaba a permanecer en la fase 1 de reapertura de la actividad durante quince días más –hasta el día 20– ha caído como un jarro de agua fría en el mundo de la cultura, pero especialmente en el Liceu, que para una ópera como esta Traviata mueve a un equipo artístico y técnico de trescientas personas.

Que el tope de 500 espectadores por sesión no sea revisable le supone no solo renunciar a unos ingresos imprescindibles para hacer viable su apertura, sino dejar en la calle a la mitad del público que había adquirido entrada cuando, situándose ya en un escenario muy conservador, la sala había sacado a la venta el 50% de su aforo. El mensaje de que la cultura es segura parece caer en saco roto, a pesar de no haberse registrado aún contagio alguno en los teatros. 


Maricel Chavarría
La Vanguardia

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