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Aire fresco en el viejo Concierto de Año Nuevo

1/1/2019 |

 

Christian Thielemann dirigió a la Orquesta Filarmónica de Viena en una velada que incluyó seis piezas no tocadas anteriormente

Un conocido y viejo chiste explica cómo la picardía austriaca ha sido capaz de hacer pasar a Hitler por alemán pese a su origen austrohúngaro y a Beethoven por vienés aún habiendo nacido en Bonn. Nada impide, por tanto, que a partir del 1 de enero de este joven 2019, el director Christian Thielemann pase a ser el nuevo guardián de las esencias musicales vienesas, y se olvide que su ciudad natal es Berlín. Al fin y al cabo entre Alemania y Austria solo media una fina línea, según dibuja Google Maps, frontera contemporánea para aquel conglomerado de reinos que pudo ser el «espacio vital» de la Gran Alemania, según se soñaba en vida de los Strauss y sus amigos músicos. Pero es que además, el tema fronterizo se diluye en un asunto estrictamente administrativo ante un universal tan poderoso como la música, lo que hace perfectamente viable que aquel joven Thielemann que llegó al mundo de la interpretación dispuesto a encarnar, recuperar y preservar la esencia germana del repertorio patrio, y que tanto ha hecho por autores de sustancia como Wagner, pueda ser, desde ahora, y tras su primera aparición en el «Neujahrskonzert», el nuevo mesías del vals y otras danzas vecinas.

Acaban de comprobado un número suficiente de espectadores, atentos a las circunstancias vividas en la doradísima Musikverein. En vivo, el Concierto de Año Nuevo llega a unos cinco mil presentes en la sala, el día crucial y en las sesiones previas del 30 y de San Silvestre. En directo, se habla de unos cuarenta o cincuenta millones en todo el mundo que lo contemplan a través de la televisión y lo escuchan por la radio, en España con comentarios entusiastas de Martín Llade. Hay también que sumar los que vendrán cuando la grabación se difunda a su libre albedrío por la red internáutica, antes incluso de que se distribuya por el precario mercado discográfico, sostenido todavía y en buena medida gracias a eventos y artistas de multitudes como este.

El Concierto de Año Nuevo de Viena es una piedra de toque gracias al revestimiento de un magnetismo particular y predecible. Comenzar el año pisando en tierra conocida, tiene su importancia. Apenas es una anécdota la duda que recayó sobre Thielemann en los días previos. El maestro quiso disiparla señalando que había dirigido mucha opereta en su juventud y que también lo hace ahora en Dresde, donde sigue como director general de la Staatskapelle, con independencia de que siempre tenga muy presente el alto valor terapéutico de estas partituras. Desde luego, a Thielemann le ha sentado muy bien este concierto en compañía de su fiel Wiener Philharmoniker: sonriente, que no es poco; amable, que es mucho; y encantado de estar ahí, que es algo lógico. Se cuenta que en privado es alguien muy divertido pero también corren leyendas acerca de su genio, autoridad e inflexibilidad. Ayuda a ello su aspecto marcial, la altura y el flequillo. El pisar fuerte que siempre aparenta y que aquí apenas se ha disimulado con esa mínima sensación de frente húmeda, inevitable ante la responsabilidad, y que asomó ya muy mediado el concierto, nada menos que ante la «Vida de artista».

Observar detalles semejantes, significaba fijarse mucho, pues cualquier imagen que llega desde Viena es siempre impecable e higiénicamente pura. Por segundo año consecutivo, la realización ha sido responsabilidad del también alemán Henning Kasten que ha ofrecido planos emocionantes, pues sabe muy bien fusionar con extraordinario mimo el ritmo de la música y la pantalla, y se entrega a la causa austriaca con verdadera devoción. Apenas se suele citar a los ingenieros de sonido, pero cualquier oído atento habrá observado que también contribuye al total esa mezcla cariñosa, condescendiente y poco crítica que transpiran los altavoces del mundo y que penetra en los hogares con evidente efecto dormidero. Es un detalle importante, especialmente este año, pues es posible creer que la señal de audio reflejaba la alargada sombra de Thielemann desde la primera nota. Comenzar el concierto con la «Marcha Schönfeld» de Carl Michael Ziehrer debería haber sido un gesto de marcialidad muy propio, pero apenas sonó la obra ya se estaba explicando algo distinto. Según Thielemann no hay nada tenso en esta música, «el mundo no muere, nadie muere» (referencia a tantos dramas operísticos sanguinolentos), nada hay trágico, sino algo siempre dulce y melancólico.

Por supuesto, el programa alternaba la dulzura del vals con la energía de polcas y marchas. Pero si algo lo ha hecho irresistible ha sido esa sensación de caminar homogéneo por el límite del refinamiento. Mozart ya decía que lo fácil es tocar rápido, la complicación está en los tiempos lentos. Tiene un mérito relativo que la Wiener Philharmoniker llegue a buen puerto en la polca rápida «La bayadera», con el director prácticamente inactivo mientras la batuta se apoyada en la partitura. Mucho más complicado es barnizar el concierto de cierta evanescencia, pausada y elocuente, cuya cumbre podría estar entre la «Danza de los duendes» del hijo de Josef Hellmesberger, y la «Música de las esferas» escuchada entre cristales de las lámparas y detalles nevados, y que hizo buena por sí sola el concierto. Hasta llegar ahí, el gran argumento se fue descubriendo en las «Transacciones» de Josef Strauss, en el vals «Entr'acte» de Hellmesberger, o el encantador «Elogio de las mujeres» del también hijo de Johann Strauss. Por contra, quedaron detalles asimismo notables: la grandeza sinfónica de la obertura de «El barón gitano», y varias obras nuevas como la polca francesa «Opera Soirée» de Eduard Strauss.

Pero frente a la música y sus circunstancias, un argumento de fondo ha venido a dar sentido final al Concierto de Año Nuevo 2019: la celebración del 150º aniversario de la Ópera Estatal de Viena el 25 de mayo y al que el propio Thielemann dará forma dirigiendo ese día y allí «La mujer sin sombra». De ahí el documental de Felix Breisach dedicado al famoso edificio neorrenacentista de la Ringstrasse, con la cámara televisiva recorriendo lugares habitualmente inaccesibles en compañía de arreglos instrumentales de obras de Mozart, Donizetti, Richard Strauss y Glazunov. El ballet de la casa fue coreografiado este año por el joven ruso Andrey Kaydanovskiy, capaz de revelar nuevos puntos de vista muy coherentes con el formidable vestuario de Arthur Arbesser, diseñador vienés aunque discípulo de Armani y con firma en Milán. Originalidad ante las «csárdás» del ballet de la ópera «El caballero Pásmán», de Johann Strauss, hijo, bailadas en el Castillo Grafenegg, e imaginación en la «Vida de artista», escenificada en la misma ópera vienesa. También ellos han venido a colaborar al buen fin de un concierto que en 2019 ha encontrado frescor en el aire extranjero. Para el próximo año se anuncia al maestro Andris Nelsons, letón, gran director, y, por cierto, poco amigo de Thielemann. Merecerá la pena comparar. 

Alberto González Lapuente
Abc

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