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María Callas, la divina soprano condenada a la infelicidad

25/2/2019 |

 

María Callas tenía todo para ser feliz. Era una estrella, tenía dinero y reconocimiento. Estaba considerada ni más ni menos que la mejor soprano de la historia. Sin embargo, nunca logró ser feliz. La rigidez materna durante su infancia y sus posteriores desamores provocaron que nunca acabara sintiéndose a gusto al cien por cien.

Hija de emigrantes griegos, María Kaloyeropulu, más conocida como María Callas, nació en Nueva York en agosto de 1923. En su adolescencia, a raíz de la separación de sus padres, acabó viviendo en Grecia. Su madre se la llevó junto con su hermana Yacinthy para que conocieran sus orígenes.

Poco tiempo después de aterrizar en el que sería durante los próximos años su nuevo hogar, empezó su formación en el Conservatorio Nacional de Atenas. Para inscribirla, su madre falseó su edad, ya que no tenía los 16 años mínimos. Poco, le importaba, quería que su hija triunfara y, de paso, le sirviera de sustento económico. Desde luego, buena voz tenía. Allí coincidió con Elvira de Hidalgo, que la formó en la tradición del bel canto romántico italiano.

Las presiones maternas para triunfar eran excesivas. En una entrevista ya en su edad adulta, María llegó a decir que, si bien admiraba su fortaleza y agradecía su apoyo, nunca se había sentido querida por ella. De hecho, a menudo la comparaba con su hermana y la llamaba “gorda y poco agraciada, siendo la voz su único atractivo”.

Su debut profesional llegó en el 1942, con el Teatro Lírico Nacional de Atenas como escenario, y teniendo entre manos la opereta Boccaccio. Una actuación que le permitió dar el salto a la Ópera de Atenas. Su carrera parece ir en el buen camino, hasta que en 1944, durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas ocupantes pierden el control de Grecia y la flota británica llega al puerto de El Pireo. María decide volver a los Estados Unidos para encontrarse con su padre.

Una vez en su Nueva York natal, el director general de la Metropolitan Opera House, Edward Johnson, se fijó en su voz y quedó tan enamorado, profesionalmente hablando, que no dudó en ofrecerle los principales papeles en dos producciones de la temporada: Fidelio y Madama Butterfly. Lo que Johnson no esperaba es que la soprano renunciara tan suculentas ofertas de trabajo. No quería cantar Fidelio en inglés, y consideraba que el rol de Butterfly no era el mejor para su debut en América.

La soprano dejó a su marido Giovanni Meneghini por Aristóteles Onassis, embarcándose así en una tortuosa relación

Los aplausos hacia ella iban in crescendo actuación tras actuación. Pero un buen día algo cambió. En esa época, María era una mujer alta y muy corpulenta y decidió bajar de peso para “hacer justicia a Medea”, papel que interpretaría en La Scala. Fue entonces cuando bajó en poco tiempo 36 kilos. Cuando reapareció, ni el propio director de escena le reconoció. Pese a que siguió brindando éxitos, María nunca volvió a brillar. Pero el repentino bajón de peso no fue el único motivo.

 

También fue la relación que mantuvo con el magnate naviero griego Aristóteles Onassis, un nombre con el que se le asoció a lo largo de su vida. Cuando se hizo pública la relación, resultó ser un escándalo, pues la soprano dejó a su marido Giovanni Meneghini por él. La prensa de la época difundió el idilio que, con el tiempo, acabó convirtiéndose en una tortuosa relación sentimental. No obstante, mientras duró su noviazgo, la soprano se retiró puntualmente y, a su regreso, por falta de práctica y tal vez de excesiva vida social, a nadie se le escapó que su voz había perdido fuerza.

No ayudó tampoco que Onassis acabara casándose con Jackie Kennedy en 1968. Tanto eso como su muerte en 1975 sumieron a María en una depresión, que intentó superar con somníferos y antidepresivos. En 1977, recluida en su apartamento de París en la más completa soledad, se dejó morir de tristeza. Tenía tan solo 53 años. 

LARA GÓMEZ RUIZ
La Vanguardia

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