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Silencio, Pasión y lágrimas

20/3/2020 |

 

Con salas de concierto y teatros de ópera cerrados, música y músicos acuden virtualmente a nuestras casas.

En un ensayo ya clásico, Why Classical Music Still Matters (University of California Press, 2007), el filósofo estadounidense Lawrence Kramer se preguntaba “por qué y cómo la música clásica debería seguir importándonos” y aportaba respuestas que pudieran servir “tanto para los amantes de esta música como para los escépticos”. Cinco años antes, el compositor y musicólogo británico Julian Johnson había lanzado otra pregunta al aire, esta vez con signo de interrogación incluido, en Who Needs Classical Music? (Oxford University Press, 2002). Convencido de que la música clásica “desarrolla nuestra capacidad de traspasar las fronteras de nuestras vidas mundanas y revivifica nuestra sensación de formar parte de una realidad superior”, la respuesta lógica a su pregunta debería ser que todos necesitamos la música clásica. Johnson reflexiona sobre por qué son, sin embargo, proporcionalmente tan pocos quienes cobran conciencia de ello.

La crisis del coronavirus ha desmantelado casi por completo la infraestructura musical clásica. Con las salas de concierto y los teatros de ópera cerrados, la música ejecutada en directo y ante un público, con la consiguiente interacción entre intérpretes y oyentes, ha entrado también en cuarentena hasta nueva orden. Quienes ofrecían ya la posibilidad de seguir conciertos u óperas desde casa mediante transmisiones en streaming han sido los primeros en ofrecer gratuitamente sus servicios, habitualmente de pago. Se trata de un empeño loable de brindarnos a todos la posibilidad de recuperar en parte lo que se nos ha arrebatado, pero que esconde también, por qué ocultarlo, el afán en absoluto censurable de captar e identificar a clientes potenciales para cuando las aguas vuelvan a su cauce. Es lo que ha hecho, por ejemplo, el Digital Concert Hall, la sala de conciertos virtual de la Filarmónica de Berlín, una iniciativa pionera en su momento y ya muy consolidada, que permite tanto seguir sus conciertos en vivo (cuando la Philharmonie berlinesa estaba aún abierta) como acceder a un archivo histórico de varios centenares de grabaciones con los mejores directores y solistas.

Es, asimismo, lo que están haciendo numerosos teatros de ópera, que están poniendo su archivo histórico de representaciones a disposición de todo aquel que se conecte a sus páginas web, ya se trate de teatros de ópera (París, Viena, Múnich, Estocolmo, Nueva York), plataformas (My Opera Player, OperaVision), orquestas (Malmö, Seattle, Jacksonville, Festival de Budapest), salas de concierto (Konzerthaus de Berlín, 92Y en Nueva York). Todos parecen guiados por el afán de hacernos el confinamiento más llevadero.

Tres conciertos de esta pasada semana merecen, por motivos diferentes, un comentario aparte. El primero se celebró en la Philharmonie de Colonia el pasado domingo. En una sala absolutamente vacía, el Bach Collegium de Japón, el extraordinario conjunto vocal e instrumental fundado por Masaaki Suzuki, interpretaba la Pasión según San Juan de Bach, la misma obra que debería haber ofrecido en el Auditorio Nacional de Madrid el pasado martes, o el próximo sábado en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas, o el lunes 23 en el Teatro de los Campos Elíseos de París, salas todas cerradas desde hace días. James Gilchrist fue un evangelista excepcional, tanto él como todos sus compañeros salieron ataviados con sus ropas de concierto y hubo los saludos de rigor tanto antes como al final de la interpretación frente a un público invisible y, más que nunca, silencioso. Es difícil saber si haber estado allí en condiciones normales, en lo que habría sido quizás un concierto más, hubiera sido más emocionante que verlo y oírlo desde casa. No hace falta recordar, por supuesto, qué historia se nos cuenta en la obra de Bach y de qué manera tan diferente podemos vivirla e interiorizarla en estos días. Al final del concierto, solistas, coro, orquesta y director se despidieron del inexistente público agitando las manos en lo alta. Esas butacas vacías son las nuestras.

El día siguiente debería haberse celebrado uno de los conciertos sinfónicos que jalonan la temporada de la Ópera Estatal de Baviera. El Teatro Nacional de Múnich, habitualmente repleto, estaba, como todos los alemanes, cerrado y no se quiso correr el riesgo de mantener el programa previsto, aun a puerta cerrada: pocos colectivos exigen tanta cercanía física como una orquesta. Pero también aquí salimos, quizá, ganando. El solista del anunciado Concierto núm. 1 de Liszt, Igor Levit, tocó en solitario su personal recreación de las Variaciones Diabelli de Beethoven. Antes, y en este caso vestidos de manera informal, Christina Landshamer, Christian Gerhaher y Gerold Huber, que estaban grabando la obra justamente esos días en Múnich, interpretaron el Álbum de canciones para la juventud op. 79 de Robert Schumann, y un cuarteto formado por miembros de la orquesta, liderado por la concertino Barbara Burgdorf, tocó el Cuarteto K. 387 de Mozart. Después, cinco percusionistas, también de la plantilla de la orquesta muniquesa, ofrecieron un arreglo de un preludio del Clave bien temperado de Bach y Spain, de Chick Corea. Es posible que fuera casual, o que nadie reparara en ello, pero esta referencia a nuestro país se unía al canto de amor a Italia que había cerrado poco antes la colección de canciones de Schumann, que eligió el poema que canta Mignon en Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, la novela de Goethe: “¿Conoces la tierra donde florece el limonero? (...) Allí, allí quisiera ir contigo, amado mío”. Los dos países europeos más afectados, a día de hoy, por el Covid-19, habían estado simbólicamente muy presentes en el concierto.

El último escenario, el pasado sábado, es la Ópera Real de Versalles, nada menos. Allí tocó, de nuevo en un teatro desierto, y en medio de otro inquebrantable silencio, la orquesta de instrumentos de época Les Siècles las Sinfonías núms. 5 y 7 de Beethoven, parte de la integral que tenían previsto ofrecer este año en diversos lugares con motivo del 250º aniversario del nacimiento del compositor alemán. Como en Colonia, los músicos salieron a tocar con sus indumentarias de concierto y los saludos se ajustaron de nuevo al código habitual, aun sin aplausos y frente a las butacas vacías: en nuestras casas nos sentíamos interpelados. La fuerza de la costumbre llevó al director, François-Xavier Roth, a ofrecer la mano al concertino, François-Marie Drieux, al acabar la interpretación de la Quinta Sinfonía, pero cuando este se la alargó, en un gesto que arrancó sonrisas generalizadas entre sus músicos, Roth rectificó enseguida y le ofreció, en cambio, el codo (puede verse en el minuto 33’44” de la grabación). Acabado el concierto, hablaron, cada uno en su propio idioma, varios músicos de la orquesta, procedentes de diversos países, encabezados por la flautista Giulia Barbini, que fue, como italiana, la primera en lanzar mensajes de ánimo a sus compatriotas. El penúltimo en hacerlo fue el contrabajista jienense Agustín Orcha y la última frase de la emisión se reservó para el filósofo francés Gilles Deleuze: “Resistir es crear”.

Pero lo más reseñable había llegado antes, en otra entrevista ofrecida durante el intermedio, en la que participaron el propio concertino, la solista de oboe, Hélène Mourot, y el gerente de la orquesta, Enrique Thérain. En un momento dado, al referirse a la férrea solidaridad reinante entre sus instrumentistas y pensar en las penalidades que les aguardaban con la cancelación de todas sus actuaciones “por fuerza mayor” (en una formación privada, si no hay conciertos, no hay ingresos), Thérain se emocionó y se echó a llorar (54’30”). La leyenda quiere que el comienzo de la Quinta Sinfonía de Beethoven simboliza al destino llamando a nuestra puerta. Y el destino, para muchísimos músicos sin nómina a fin de mes, se ha vuelto dolorosamente incierto.

Afirma Lawrence Kramer que la música clásica nos ofrece “recompensas (…) que no tienen nada que ver con el elitismo y el esoterismo a los que suele asociarse, accesibles para cualquiera que tenga los oídos abiertos y un espíritu audaz”. En estos días tan difíciles necesitamos la música –clásica o no– más que nunca. Y necesitamos a quienes la hacen real y le dan vida más allá de la partitura impresa tanto como ellos nos necesitan a nosotros. 

LUIS GAGO
El País

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