30/8/2026 |
https://www.lavanguardia.com/cultura/20260830/11622184/wagner-titanic.html
La temporada de las grandes instituciones culturales barcelonesas arrancó anoche con un concierto de altos vuelos. La actuación en el Palau de la Música de la orquesta del Festival de Bayreuth, dirigida por Pablo Heras-Casado, con un programa basado en la tetralogía de Wagner, eleva las expectativas del curso. No ha sido fácil llegar hasta aquí. Nunca lo es cuando se aspira a superar un listón ambicioso.
En el proceso que se ha seguido para que el concierto se celebrara ha habido que poner en juego todas las capacidades que se le suponen a la capital cultural que es Barcelona: imaginación, audacia, complicidad, organización en red y vocación de exportar el trabajo bien hecho.
La idea partió del director del festival de Peralada, Oriol Aguilà, que quiere celebrar a lo grande los 40 años de este certamen. Echando mano de su complicidad con Katharina Wagner, directora escénica, directora de Bayreuth y bisnieta del compositor, consiguió que la orquesta del festival bávaro aceptara el reto. Al carecer todavía Peralada de un escenario en condiciones, el histórico concierto –la orquesta de Bayreuth rara vez abandona su sede– se trasladó al Palau de la Música, que puso su oficio y su magia.
Arranca de forma ambiciosa la temporada barcelonesa de las grandes instituciones culturales
Para abaratar la operación, se decidió que la formación y los cantantes que viajan con ella ( Catherine Foster, Klaus Florian Vogt y Nicholas Brown) prolongaran el concierto barcelonés con una gira por el resto de España que comienza mañana en Santander y que viaja después a Sevilla, Madrid y Valencia.
Por tercera vez en la historia, la orquesta del Festival de Bayreuth (un certamen que a su vez cumple 150 años) visita Catalunya. La última fue en 2012, cuando el Liceu trajo no solo la orquesta, sino también los coros, para ofrecer tres títulos wagnerianos íntegros en versión concierto. Se trató de un reto mayúsculo dotado con un elevado presupuesto. En aquel año, uno de los peores de la crisis económica, las oscilaciones de la prima de riesgo eran seguidas por la ciudadanía con más avidez que el parte meteorológico o los resultados de fútbol. Fue en ese contexto, con el país intentando evitar el naufragio (el famoso rescate) en plena tormenta monetaria, cuando el barco del holandés errante atracó desafiante en el Gran Teatre. Una operación de alto riesgo.
La apuesta de ayer fue más contenida, pero no por ello menos relevante como afirmación de la ambición barcelonesa. El contexto es diferente.
En 2012, el poder político intentaba remontar la crisis económica global con los instrumentos que tenía entonces a su alcance. Ahora, 14 años después, la crisis es fundamentalmente política y social. Países donde la economía funciona razonablemente bien –léase, entre otros, España– ven cómo sus sociedades y su clase política se fracturan en un escenario global de extrema incertidumbre. Las viejas certezas se desmoronan, afloran los miedos y resurgen las reacciones más atávicas, como la construcción de la idea del extranjero como un portador de desgracias.
¿Evoca este eclipse de la vieja democracia liberal el crepúsculo de los dioses wagneriano? El paralelismo es inquietante: igual que en la tetralogía, en el mundo de hoy todo vale para alcanzar un poder que acaba contaminando a quienes lo detentan. En su aproximación al ciclo de Wagner en la Ópera de París, Calixto Bieito hacía una lectura de la saga en clave tecnopolítica.
Más concordancias: el mismo oro obtenido en el Rhin por el nibelungo Alberich puede llegar a verse como un símil del extractivismo que agota los recursos del planeta y acelera la crisis climática. Sin cambiar de río, el auténtico Rhin de 2026, consumido por la sequía y con su lecho impúdicamente expuesto a la mirada de todos, es el mismo río que fue despojado de su tesoro por el personaje de Wagner.
Por supuesto, la cultura, además de remover conciencias y de fomentar el espíritu crítico, debe cumplir la función de conmover. La emoción ante la interpretación exquisita de la música de Wagner a cargo de la orquesta y de los cantantes de Bayreuth es lo que motivó la apoteósica ovación de ayer.
El arte tiene ese potencial de ofrecer consuelo, en esa generosa acepción del término que nos ofrecía el historiador Michael Ignatieff en En busca de consuelo. Vivir con esperanza en tiempos oscuros (Taurus). Él encontró ese alivio de la angustia vital en un festival de Salmos y en la escucha de las Canciones sobre la muerte de niños de Mahler. Algunos espectadores, sin duda, lo pudieron descubrir ayer en Wagner.
A la célebre y trágica (murieron todos) orquesta del Titanic se la recuerda como ejemplo de la capacidad que tiene la música de sostener las ansias de vivir cuando alrededor todo colapsa. Se cree que, tras el choque del barco con el iceberg, los músicos tocaron sobre todo melodías ligeras y populares. Pero algunos testigos sostienen que el último tema que interpretaron fue Nearer, my God, to Thee (Más cerca, mi Dios, de ti), mucho más sombrío y con una pulsión de trascendencia muy wagneriana.
Miguel Molina
La Vanguardia