2/11/2010 |
La heroína de Wedekind vuelve a morir en la temporada operística víctima de su sumisión a una sexualidad dictada por lo masculino.
Antesala del movimiento expresionista, crítica descarnada del pujante imperio alemán, metáfora del cinismo y la inmoralidad... todo ello es Lulú como fenómeno literario de finales del siglo XIX. Frank Wedekind la llamó Lulú, una tragedia monstruo, antes de fragmentarla en El espíritu de la tierra (1895) y La caja de Pandora (1902), esquivando así la censura. Pero si, por otra parte, lo que se analiza es el personaje de Lulú, se observa que un siglo y varias revoluciones feministas más tarde, la criatura de instinto devorador y conciencia estéril del imaginario sexista sigue ahí, intacta.
Las ventajas de reforzar el mito de la perversa
Los mitos traspasan fronteras, culturas y tiempos. Lévi-Strauss sostenía que el mito permite básicamente interpretar la realidad sobre unas claves que son las que permiten entenderla. Y con eso se cierra el círculo. Miguel Lorente, doctor experto en medicina legal y Delegado del Gobierno para la Violencia de Género, dedica un capítulo de su libro Los nuevos hombres nuevos a analizar los mitos y la dificultad de cambiarlos. "Las Lulú han sido utilizadas para justificar que fuera del redil las mujeres no son ejemplares. De hecho, el primer argumento en la violencia es que "nadie pega a una buena mujer". Además, la masculinidad necesita reforzarse sobre la idea de la perversa. En ella recrean los hombres –prosigue Lorente– el atractivo de lo prohibido, lo distinto, lo extraño. Y se va al prostíbulo para acercarse a esa realidad y justificar que las mujeres son de ese tipo. El problema es que esos mitos ocupan un lugar en las referencias culturales y cambiar de idea significa replantearse cosas".
Autocelebración del nihilismo
La soprano francesa Patricia Petibon pone voz a esta Lulú con partitura de Alban Berg y dirigida por el batuta Michael Boder, que recala desde mañana y hasta el 16 de noviembre –cinco únicas representaciones– en el Gran Teatre del Liceu. El montaje del también francés Olivier Py de esta versión en tres actos –que completara Friedrich Gerha al morir Berg– viene levantando polémica. "La temática de la obra y la dramaturgia de Olivier Py pueden ofender la sensibilidad de algunos espectadores", advertía la web del Liceu, que no recomienda esta ópera a menores. El aviso hace referencia a una proyección pornográfica que tiene lugar en el tercer acto mientras suena la Canción del proxeneta, imágenes mecánicas desconectadas del deseo pero, en cualquier caso, poco habituales sobre un escenario lírico. Con la ayuda del escenógrafo Pierre-André Weitz, Py ha creado para esa tragedia de Wedekind un espacio asfixiante y hostil de personalidad urbana. El vacío moral de la obra asociado a un nihilismo rabiosamente contemporáneo. Ya lo anuncian los letreros de neón: Paraíso perdido, Sexo, Odio el sexo, Pompas fúnebres... la degradación de la belleza.
Dado que al repertorio operístico le sobran mitos de este visitado perfil, no es de extrañar que el Gran Teatre del Liceu haya encadenado dos de ellos en la inauguración de esta temporada operística. Comenzó con Carmen, de Bizet, la gitana que según Mérimée cautiva con su belleza al soldado Don José, quien muerto de celos acaba con ella como un perpetrador de violencia de género más. Y prosigue esta semana con Lulú, otra comehombres a la que, como a toda mala mujer, aguarda un trágico destino. En este caso, a manos Jack El destripador por obra y gracia de Wedekind.
Cuanto menos, despierta curiosidad saber qué lectura habrá hecho el prestigioso director de escena Olivier Py sobre esta ópera de Alban Berg que se estrena mañana en el Liceu. ¿Habrá puesto en vereda la moral patriarcal que amaga el argumento? No es demasiado esperar en una época en que la ópera se revaloriza cada día por su capacidad modernizadora de las grandes historias de siempre. Guy Joosten, sin ir más lejos, trajo hace apenas dos temporadas al Liceu una Salomé que, lejos de perpetuar la clásica imagen de la venganza femenina en la cabeza de Juan Bautista, daba un giro argumental y sustituía la seductora danza de los siete velos donde Salomé despliega sus armas de mujer por una grabación en vídeo con la que la heroína denuncia que Herodes abusó de ella siendo niña.
Cierto es que Lulú no es una ópera fácil: comenzando por la partitura decididamente atonal y la complejidad de un argumento nada realista. Como decía Joan Matabosch, director artístico del Liceu, hay que acudir a verla con los deberes hechos. Entre estos deberes habría que añadir una higiénica reflexión sobre la necesaria revisión del mito sexista.
"Existen tres lecturas de Lulú –explica la psicóloga Carme Freixa, especializada en perspectiva de género–. La primera es la lectura sexista clásica según la cual la mujer sexual es una femme fatal que destruye a los hombres y estos tienen que acabar matándola. Desde esta óptica, las mujeres tienen una sexualidad perversa y ellos son víctima en manos de la sexualidad desbordada de ciertas mujeres. La solución es tener en casa a la buena mujer y acostarse o masturbarse con la mala".
La segunda lectura de Lulú responde, según Freixa, a la visión del actual progresismo light. Es la que establece que Lulú y Carmen son mujeres libres que ejercen su sexualidad y que son castigadas por ello en un sistema aún patriarcal. "Esta lectura se basa en criticar las posturas que vinculan la sumisión sexual de la mujer al patriarcado y por lo tanto consideran la prostitución un acto libre", apunta la psicóloga. "De esta manera, la sexualidad de la mujer, que no deja de ser un construcción del deseo sexista del hombre y se ha presentado siempre suscrita al pene, se pone al servicio de este deseo. Pero se habla de ello como de una liberación de la mujer".
Lulú es ciertamente esa mujer prostituida al servicio de quien le paga, ya sea con dinero, cenas o poniéndole un piso. "Es la víctima del deseo del hombre –destaca Freixa–, aunque en la actual visión del neoliberalismo aplicado a las relaciones humanas se supone que las Lulú acceden libremente a la sumisión sexista. Lo que, por cierto, tiene como efecto que cada vez es menos oneroso hacer real el deseo sexista de tener una mujer a tu servicio: basta con pagar en un prostíbulo".
Y ahí entra la tercera lectura de Lulú: en su imaginario sexista –del que beben hombres y mujeres– las relaciones sexuales son relaciones de poder. "Ahí no caben relaciones igualitarias –concluye Freixa–: Lulú es la mujer subyugante que ellas querrían ser y la mujer a la que ellos querrían dominar. Mitos que revelan que el deseo obsesivo comporta destrucción y victimización. ¿Lulú? Lulú es cualquiera de las actuales víctimas de violencia de género. Ninguna de ellas quiere estar al servicio de este sexismo que está lejos de reflejar el deseo femenino. Lulú no escoge. Es una mujer objeto, producto de los verdaderos protagonistas de la historia de Wedekind, una criatura de la calle, cincelada por un pintor..., como tantas estrellas de los programas del corazón: las encumbran, las siliconan, las construyen a imagen y semejanza de los mitos sexistas, para luego prostituirlas y criticarlas hasta que se las deja de llamar a los programas y mueren", concluye. Así de cercano está el mito.
MARICEL CHAVARRÍA
La Vanguardia